Víctima de agresión: “Como me dijo el psicólogo ‘Sepa usted que está viviendo otra vida'”

El pasado 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer. En esta fecha, miles de mujeres alrededor del mundo, salen a denunciar con especial fuerza las muertes por violencia machista.

Por la situación de emergencia nacional vivida en el país, este año la fecha pasó prácticamente desapercibida. Pero desde el PT y Lucha Mujer seguimos realizando acciones en el combate contra la violencia.

Creemos que es importante sacar las historias de las mujeres víctimas del ámbito privado y por eso queremos compartir el caso de Ana Lucía (nombre ficticio), para evidenciar como aquellas agresiones fuertes pueden empezar con manifestaciones de violencia que tenemos muchas veces tan naturalizada.

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Cuando mi esposo enfermó, todo empezó a ponerse más difícil. Lo despidieron del trabajo, entró en depresión y desde entonces se alteraba por cualquier cosa.

Aunque siempre fue así. En una ocasión, por ejemplo, cuando mis hijos aún estaban pequeños discutimos por un asunto del cuidado de ellos. Él estaba molesto y golpeó muy duro la puerta con un paraguas que tenía. Es como dicen, uno siente esas cosas como normales y así se va pasando la vida.

Pero con los años empezó a ser más agresivo. Siempre me decía que si en mi trabajo ya me había conseguido “un viejo de esos que tienen buena plata”. “Vaya, vaya, búsquese uno” decía una y otra vez, eso era pan de todos los días.

En otra ocasión me había contado que cuando estuvo con su ex pareja, un día llegó y afiló un cuchillo. Él había llegado a su casa y estaba dispuesto a matarla, pero se detuvo al ver a su hijo que aún estaba pequeñito. Por esas cosas yo le tenía un poco de miedo, porque no sabía de qué forma podía actuar. Aunque yo nunca hice nada malo como para que él me hiciera daño; pero siempre estaba esa duda ahí, si había una discusión no le decía nada porque me daba miedo cómo reaccionaría.

Con todo esto la relación se fue deteriorando. Pasó el tiempo y un día le dije que lo de nosotros definitivamente no podía seguir. Le dije que dejáramos las cosas a como estaban, que viviéramos bajo el mismo techo pero ya, nada más.

Días antes de esta última agresión, se había ido de la casa. Ese día yo fui a visitar a mi familia y cuando regresé estaba sacando sus cosas. Al verme, empezó a gritar muchas cosas; recuerdo que me dijo: “Ahora sí, ahí le queda la casa para que la disfrute con el querido o con quien se le pegue la gana”.

Yo solamente me quedé escuchándolo, no hice nada más. Me dejó “hecha leña” porque nunca me esperé eso.

Cuando volvió a la casa me dijo: “¿Qué es lo malo que he hecho para que no me quiera?”. Yo le dije que sea como sea y aunque ya no era como antes, yo lo quería. Pero que tenía que entender que todo se va acabando en la vida.

Él lo que me dijo fue “Es que yo a usted la quiero demasiado para que a mi usted me diga que ya no me quiere, ¿Por qué usted no me dijo eso hace 10 años, cuando yo podía buscarme una mujer que de verdad me quisiera? Yo ya soy un viejo, no tengo trabajo y no sirvo para nadie; yo quiero que usted me perdone, yo no quiero que usted me deje”.

Le dije todo lo que había hecho y me dijo que no se acordaba; le dije que nos diéramos un tiempo y él me preguntaba que cuanto iba a ser ese tiempo. Insistía que él necesitaba a alguien que estuviera con él, que lo acompañara, porque a un viejo como él nadie lo iba a querer.

Yo no le dije nada más. Me quedé callada mientras lloraba y eso me ponía peor.

Días antes de su última agresión, él me dijo: “Si yo me doy cuenta que usted anda con otro mae, lo mato a él y la mato a usted”.

Un día se fue y le dijo a un familiar que yo tenía a otro hombre, un compañero de trabajo que era joven y tenía un chuzo de carro. También que yo le lavaba camisas a hombres, que él había encontrado una ropa finísima en mi cama y quién sabe quién me la había regalado.

El día de esta última agresión llegó a las doce preguntando por el almuerzo. Yo estaba limpiando la casa, entonces se sentó solo a almorzar. Terminó de comer y dijo que le había gustado mucho. Se levantó y fue a otro cuarto, ahí empezó a reclamar por haber comido solo.

Yo lo escuchaba pero no dije nada. Me fui a tender algunos trapos de los que uso para limpiar y pude escuchar que abría una gaveta. Me pareció que estaba buscando algo. Nunca imaginé que lo que buscaba era un cuchillo.

Cuando me percaté, estaba detrás de mí y me decía que estaba harto; fue entonces cuando me clavó una puñalada en la espalda. Yo me volví y de inmediato me clavó el cuchillo cerca del pecho. Iba a clavarme una tercera puñalada cuando mi hijo pudo intervenir. Él intentó clavarse el cuchillo a sí mismo y empezaron a forcejear hasta que mi hijo logró detenerlo.

Yo estaba muy mal, y aunque llamamos al 911 la ambulancia nunca llegó. Luego de esperar mi hijo que apenas empezaba a manejar, tomó el carro y me llevó de emergencia al hospital. Recuerdo que yo llevaba el pantalón todo manchado de sangre. Cuando entré a emergencias todos corrían porque no se sabía si la herida había tocado algún órgano.

Al día siguiente llegó el fiscal y me dijo que tenía tres opciones: No denunciar, llegar a un arreglo con él o denunciarlo. Yo me dije “No, aquí tengo que poner la denuncia”. Así que empecé el proceso. Luego fui al EBAIS y tuve que enseñar las heridas para que me hicieran una incapacidad por mi trabajo.

Días después, fui al psicólogo al que antes iba mi esposo. Cuando me vio, me dijo: “Yo creí que iba a verla a usted derrotada”. A lo que le contesté: “Vea, todavía no me han matado. No me mató y no estoy derrotada, porque la verdad que yo sé cómo se siente una herida. Pero no me mató”.

Yo siento que en parte, eso me ha dado mucha fuerza. Lo siento así, para seguir, para no dejarme derrotar. El psicólogo me felicitó y me dijo: “Siga adelante, porque yo esa situación (la agresión) me lo veía venir. En la condición que él venía aquí, yo esto lo veía venir”.

Yo creo que lo que me ha servido para seguir adelante es eso: mis hijos y la confianza en mí misma.

Aún con todo esto, a una la juzgan. A mí me han dicho que hay gente que piensa que seguro yo le di vuelta a mi esposo. Yo les digo que piensen lo que quieran, la verdad ellos no vivieron lo que yo viví y hoy por lo menos estoy viva para contarlo. Pueden pensar lo que quieran, allá ellos.

La psicóloga me ha dicho que nada justifica esto… Y así es como estamos aquí, luchando.

A los días de lo que pasó, fui a medicatura forense… La psicóloga era increíble, pero yo pedí que me atendieran en un lugar cerca de mi casa y así fue. Un día en la mañana me dieron la cita, tardó mucho y luego yo tenía ir a trabajar. ¡Viera usted!

Tengo que pedir de nuevo a la Corte las medidas cautelares, porque si no me las quitan… por una emergencia o cualquier cosa.

Ahora el caso lo lleva una fiscal. Un día la llamé para solicitarle una cita y me dijo que no podía atenderme; estaba la asistente y más o menos me explicó la situación…

También ahora me atiende un psicólogo de la corte, él me está tratando desde hace diez meses. Si yo me quedo sin trabajo o si ocupara una ayuda económica, ellos después me pueden ayudar. Por ejemplo, la trabajadora social de la corte me puede ayudar a reubicarme coordinando con el IMAS.

Pero bueno, ya lo pasado es pasado, eso es historia… Como me dijo el psicólogo “Sepa usted que está viviendo otra vida”. No tengo que andarme preocupando por esa persona, de verdad me ha puesto los pies en la tierra, me he quitado ese miedo terrible.

Ahora salgo aunque sea sola, como le digo, por lo menos siento que todo esto me ha dado fuerza a mí misma. Aprendí a ser valiente, que tal vez antes lo era pero no tanto, y aquí voy…

 

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Hoy Ana Lucía vive con sus hijos, separada de su esposo y esperando alguna noticia del proceso penal. Han pasado más de 10 meses desde que se dio la agresión que la llevó al hospital. Si no fuera por el apoyo de sus hijos, que han hecho un esfuerzo económico para mantener a su padre fuera del hogar, posiblemente él continuaría viviendo en el mismo sitio.

Pronto tendrá que ir a renovar las medidas de protección. Aun siente un poco de miedo de salir a la calle y tener que enfrentarse a su agresor, el papel con las medidas que anda en el bolso no le garantiza su protección y sabe que muchas mujeres no cuentan con la misma suerte.

Ahora sale con sus amigas y es parte del grupo de Lucha Mujer que se está formando en su comunidad. Como ella misma dice, se siente más valiente. En su trabajo discute con sus otras compañeras, las invita al grupo y sabe que puede organizarse para buscar también mejores condiciones laborales. Desde Lucha Mujer discute qué condiciones hubiera necesitado para enfrentar esa situación de violencia y cómo es necesario que mientras luchamos por acciones concretas y mejores servicios en la comunidad, demos también una batalla estratégica contra el capitalismo.